Me parece una reflexión más que interesante realizada por el profesor Suñé.
“… en España, el sistema electoral de listas cerradas y bloqueadas ha oligarquizado la mayor parte del sistema político, si bien conserva elementos democráticos que, dadas las características del sistema, no pueden ser sino radicalmente demagógicos. Los parlamentarios, en un contexto en el que las listas vienen prefabricadas desde las cúpulas de los partidos, no representan a nadie más que a la oligarquía que los designa. El pueblo, presionado por todos los artilugios demagógicos imaginables y hasta inimaginables —de los que por supuesto forma parte la compra de votos a cargo del erario público, bajo la benefactora apariencia de medidas sociales—, se limita, en un sistema de estas características, a escoger oligarquía.
¿Cómo se mantiene semejante fraude? La respuesta es muy sencilla, con dinero, en su mayor parte obtenido coactivamente a través del sistema fiscal. Los ciudadanos estamos expropiados de cualquier poder de decisión efectivo; pero la clase media, es decir, la clase que paga impuestos, se ve obligada a financiar, a través del sistema fiscal, los desmanes de las oligarquías de los partidos, a través de la ampliamente mayoritaria financiación pública de los mismos —de los asentados, se entiende—, lo que constituye una barrera disuasoria para cualquier nueva opción política, incluida la remota posibilidad de que surgiera alguna con auténticas ansias regeneradoras. Es decir, que el supuesto mercado electoral es un oligopolio donde no existe posibilidad alguna de defensa de la libre concurrencia. El círculo se cierra con otras financiaciones coactivas, como las de los militantes de los partidos con cargo, que deben dar parte de su sueldo al partido; es decir, más dinero, que en última instancia sale del erario público; pero con la nefasta pedagogía para los cargos públicos de tener un origen viciado e irregular.
La otra parte de la financiación de los partidos políticos viene de la plutocracia que gobierna en última instancia el país, que en la España de hoy está significativamente vinculada al sector financiero y al de la construcción. Si a eso le sumamos el dinero público que se emplea en propaganda —televisiones públicas—, o en la aludida compra de votos a través de supuestas medidas benefactoras, el círculo de la oligarquización del poder en la forma mixta de desgobierno —cuando no pura y simple demagogia—, continúa cerrándose en España…”