La realidad no es la que creemos vivir. Las personas nos hallamos sometidas a un adormecimiento continuo, que nos produce una falsa sensación de felicidad. Ese adormecimiento, o soma, lo inoculamos por la vista, el oído, el gusto, el olfato y el tacto; a través de espectáculos como el fútbol; o por medio de tapones que nos permiten no escuchar, y por lo tanto, hacer oídos sordos a lo que se discute en el Parlamento Europeo sobre la “legal” retención de ciudadanos no europeos que se encuentren en nuestro suelo de forma irregular; o con el mundo rosa, para el que se necesita un gran estomago para tragar todas las vísceras que nos muestran; o lo que nuestra nariz ingiere con las diversas corruptelas que nos llegan desde todos los ámbitos: políticos, empresariales o académicos; o cuando nuestras manos depositan su voto en la urna para elegir representantes de unas listas cerradas y bloqueadas. En definitiva, vivir, en apariencia, felices gracias a la somnolencia en la que se encuentran todos nuestros sentidos.
El estado en el que nos hallamos no es espontáneo, ni fruto del azar. Todo lo contrario, es una maniobra muy bien orquestada por la clase dominante: político-académico-mediático-religioso-empresarial. Esta clase social o casta, son los amos y señores de todos nosotros. Nos proporcionan soma suficiente para mantenernos narcotizados con sus efectos durante el tiempo que ellos quieren. Ostentan el poder sin límites, sin control alguno. Quien desee formar parte de esta clase debe mostrar servilismo y acatamiento a las reglas del juego marcadas. Sólo acceden a ella los seguidores inquebrantables de su dogma. Cada clase actúa dentro de su demarcación con total impunidad y bajo el control de ellos mismos. Y todo, ante la somnolienta sociedad civil que acata y no protesta: es feliz, bueno, eso cree.
La clase política, entre otras muchas acciones que comete, se encuentran las de los gastos sin justificar en el Parlamento Europeo o que en siete años los parlamentarios españoles logren el máximo de la pensión de jubilación mientras que al resto nos cuesta treinta y cinco; en el mundo académico, donde debería primar la inteligencia y el conocimiento, se realiza una selección negativa de la especie para que la mediocridad se imponga; en el universo mediático nos muestra lo que son: altavoces de sus señores, los partidos políticos; en la empresa, bajo la denominada agenda de contactos nos salpica todo un entramado de tráfico de influencias con los puentes bien cimentados y tendidos entre administración pública y sector privado difícil de distinguir; y por último las organizaciones religiosas, que actúan sectaria y concupiscentemente con el resto de las castas.
Como diría Cicerón: “¡Quousque tandem abutere...!”
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